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Llueve y los peregrinos dudan en salir
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Olveiroa - Fisterra (1/2)

8 de julio de 2011

Como ayer me acosté tan temprano y he dormido muy a gusto, me despierto sobre las seis de la madrugada alertado por el ruido de una canalera. Al prestar más atención, oigo que llueve fuerte. ¡Tenía que ser!, días escapando de la lluvia y en el momento final nos atrapa. Sin embargo, contrario a  mi normal forma de ser, lo acepto con resignación.

Salgo a la calle y me siento en el velador para fumarme un cigarrillo y pensar en las posibles alternativas. La lluvia es intensa y viene acompañada de fuertes rachas de viento del sur. Las nubes son densas y negras, pegadas a la tierra, presagio de temporal y de que va a durar bastante. Desde luego, así no podemos ir a Muxía –tenía especiales ganas de ver este pueblo- y ya veremos cómo llegamos a Fisterra porque tenemos reservado el alojamiento y citado el taxista que nos ha de llevar a Santiago.

Mientras cavilo, se acerca el dueño del local y se sienta a mi lado. Me comenta que él tampoco puede dormir, a pesar de que se ha acostado después de las dos de la madrugada. Ayer, a las doce de la noche, tuvieron que ir, él y su mujer, a dar el pésame a una familia cercana en la que le había fallecido un muchacho de catorce años víctima de leucemia y se quedaron velándolo. Le pregunto cómo ve la cosa del tiempo, hace como que mira atentamente al cielo como si esperase una respuesta de él, y me responde… mal, durará varios días. Luego se retira para ir preparando las cosas del desayuno.

Los peregrinos van apareciendo poco a poco, miran el cielo preocupados y vuelven al interior. Otros sacan sus capas de agua y resignados, comienzan a andar. Hoy quizás sea más fácil para ellos que para nosotros, afrontar el día. También llega el joven que ayuda al dueño en el albergue, puede que sea su hijo, y busco, sin mucha fe, una segunda opinión.

-¿Cuánto durará esto? –le pregunto.
-Dan hasta las diez – me contesta tranquilo y con las manos en los bolsillos.
-¡De la mañana! – le respondo, esperando el milagro.
-De la noche, o más – contesta.

Van apareciendo los demás, justo en el momento en que la lluvia y el viento arrecian. Sus caras lo dicen todo. Decidimos esperar para ver si escampa, así no se puede salir. Entramos al albergue para asearnos y nos vamos a desayunar a un pequeño comedor en el que hay un par de sillones, dos ordenadores y una mesa de comedor al estilo casero. El dueño va sacando tostadas recién hechas, mermelada, mantequilla y jarras de leche y café. Una peregrina extranjera se sienta entre nosotros y a duras penas se entiende con el alberguero. Afortunadamente para ella está al lado de Manolo, que en un perfecto lenguaje de señas internacional, le va traduciendo lo que el dueño le dice. Entre tanto, ha empezado el encierro de los Sanfermines y todos lo seguimos atentos en el televisor ante la extrañeza de un par de peregrinos extranjeros que entran en la habitación.

Volvemos a salir al velador y seguimos con dudas. Yo pienso que debemos ir a Fisterra por la carretera  aunque llueva, solo son 30 km y no nos debe costar más de dos horas a ritmo lento. Al final, decidimos salir y cundo la lluvia para algo, nos montamos en las bicis. Antonio y Chavi se suben en la furgoneta con César.

Sobre las nueve y cuarto de la mañana, nos ponemos toda la ropa de abrigo que tenemos, arrancamos, encendemos las luces de la bici y nos despedimos de los demás peregrinos que nos saludan con la mano como si fuésemos al matadero. Cruzamos Olveiroa hasta la carretera general y tras unos momentos de duda en el que no sabemos a qué lado tirar, una flecha nos indica el camino. Con el agua en mis gafas no veo gran cosa y con la que hay en el GPS tampoco puedo leer este, así que solo queda la orientación “bikeriana” y los posibles carteles que puedan aparecer y que en estas tierras son un auténtico lio. Estamos en la AC-3404.

Comenzamos el día ascendiendo. Me pongo delante y Michel cierra el grupo. Comienzo a tirar a ritmo suave, pero mantenido,  para que todos podamos ir juntos. La subida es constante, pero muy llevadera. El problema es que por fuera nos moja la lluvia, ahora fuerte, y por dentro el sudor. A nuestra izquierda oímos un fuerte soplido que no es del viento sino de los aerogeneradores que hay en el monte por el que subimos y que ponen la música de fondo al momento.

Un coche nos adelanta demasiado justo y Manolo le empieza a mandar improperios y malos deseos. Tere responde a cada uno con un ¡NO!, intentando que calle. Manolo insiste y lanza más gritos.

-¿Qué parte de NO, no entendéis? La N o la O –Grita con genio, poniendo punto final a la situación.

Casi sin darnos cuenta, la lluvia va bajando de intensidad, pero aparece una fina neblina que no me gusta nada. Afortunadamente, las luces de leds que llevamos se ven claramente, más de lo que habría imaginado.

Por fin vamos llegando a la cima cuando pasamos junto al pueblo de Hospital. Poco más adelante la carretera se divide y aparecen los mojones que indican, a la derecha para Muxía y a la izquierda para Fisterra. Estamos en lo más alto del puerto.

Tomamos la carretera de Fisterra  -AC-2302- y esta comienza a descender serpenteando por el valle. Lo hacemos con la velocidad justa, a pesar que el terreno pide bajar rápido. Llevo a Pedro y a Manolo pegados a mí e intentamos, en la medida de las posibilidades, no distanciarnos demasiado. Pido a los dos que me ayuden para controlar el grupo porque con mis gafas llenas de agua y la neblina veo muy poco. Cuando me las limpio con los guantes, aparece un charco de agua que me deja igual.

Rodeamos el monte Pedriña y pasamos por Vilar, Carboal y multitud de núcleos aislados sin nombre. De vez en cuando nos detenemos para reagrupar y descansar de la tensión que provoca circular por carretera en estas circunstancias.

La lluvia va desapareciendo y pronto entramos en Cee, justo cuando nos desviamos a la AC-550. Ya vemos el mar que asoma entre edificios y las nubes pegadas a él. Vemos la furgoneta parada en un bar y, sin parar, advertimos dentro a sus ocupantes tomando algo –ellos no nos ven-.  Cruzamos Cee lo más juntos posible y después de varias calles salimos a una avenida que coincide con la AC-445. No es fácil orientarse entre las docenas de señales de dirección que van a todos los pueblos y aldeas que salpican el territorio. No siempre aparece la dirección a Fisterra.

 

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